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De Quimeras y Ensoñaciones

A mi querido amigo invisible

Ya sé que no existes. Qué eso de la invisibilidad es una quimera, pero me importa un pimiento, yo te invento, y todo arreglado.
¿Te tuve de pequeño? . hummm. ¿Pues ahora que lo pienso…? . Mira tú, no lo recuerdo, creo que no. Tal vez en alguna ocasión perdida, seguro que si.

Me es indiferente e inapetente.

El pasado es aquello que al dar un paso atrás te sirve para empujarte hacia delante y te tuve ó no te tuve, ahora te tengo sin tenerte, pues no existes, ya que yo sólo te invento. Pero … ¿Existen los inventos?. Bueno, el de la fregona, que es uno español, ese invento si existe, ó el del chupa-chus, también. Pero … ¿los otros? . Seamos más explícitos explicando: Las invenciones, una vez inventadas en la imaginación, ¿existen?
Qué más da. No importa. Tú estás. Yo estoy. Yo te veo a pesar de que seas invisible, yo te escribo, tú me escuchas, - si te da la gana- , y si no, te tapas los oídos y no me oirás decir bobadas.
¿Qué sexo tienes? . ¿De ángel?. ¿De sirena?. Mira, dejémonos de problemas y digamos que el mismo del mío, que sino, puede haber lío y mejor para eso me invento una amiga bien predispuesta y bien visible, y todo arreglado. Bueno, vayamos por partes, ahorita acabo de escribirte la carta a ti e inmediatamente me pongo a inventarla a ella, que no necesita una carta que escribirle.

Mi invisible amigo, esta carta va dirigida a ti. Tú que estás entre las sombras. Tú que me ayudas sin pedirlo a cambio tan sólo de un gracias, de un llámame cuando no me necesites, pues ya sabes que cuando me necesites no necesitaras llamarme, pues estaré ya a tu lado. Para ti sólo una palabra, pero una palabra en mayúsculas, ya sabes que sólo las uso para expresar mi emotividad agrandada, valiendo pues, acabo ya esta carta, que la escribí tan sólo para romper el hielo entre tú y yo, y para crearte, que tú ya sé que no existes, pero como iba diciendo, acabo esta carta dirigida a mi querido amigo invisible con una palabra que espero compartir con él para siempre, la AMISTAD.

Marioneta griega

Chiqui empezó a ladrarle de forma insistente a un inexistente extraño. Un ratón, salamanquesa, ardilla ó a una musaraña imaginaria, pues los perros también sueñan con ínsulas, potosí y casetas en el aire.
Escuché, miré, agudicé mis toscos sentidos.
Nada.
Empezó a escarbar en el suelo, retirando manojos de hierbas, briznas de barro, cantos rodados, un trocito de un alambre oxidado.
Un hueso, -pensé-, se ha vuelta loca por un hueso.
Cuando paraba, cansada, metía su húmedo hocico negro en la humedecida negra tierra y olisqueaba, luego le ladraba al hoyo abierto y continuaba. Cuando sucedía esto otras veces, la llamaba, venía y nos íbamos, mas esta vez hizo caso omiso y mis intentos en alejarla de allí fueron en vano, de tal manera que si no puedes vencer al enemigo, únete a él, y perro y humano, escarbando, escarbando, encontraron un palito de madera, la tierra estaba blanda, se diría tierra removida, como si hiciera no mucho que alguien había querido enterrar algo allí mismo, - no quisiera alargarme en contarlo tanto como lo hicimos en cavar - , así pues, resumido, aparecieron cuerdas, soga, hilos, pedacitos de madera, que una vez todo limpio dio de resultas una griega marioneta.
Tenía aspecto de un juguete antiquísimo, pero para nada deteriorado, me lo llevaría a casa, sabiendo que allá dirían que no les llevara más trastos, que eran trastos lo que nos sobraban y que lo tirara a la basura. Les dije que lo había encontrado Chiqui y que era suyo, no mío, pero … ¿Realmente lo había encontrado mi perro?.
A veces pienso, que fue la marioneta quien nos encontró a nosotros.

En el patio de casa, pertrechado de útiles de cirujano carpintero y arqueólogo paleontólogo, le hice una cura de urgencias, cuerdas destrenzadas, astillas desmadejadas, arena incrustada, una ardua labor de limpieza y puesta a punto, que al finalizar me dejó apreciar la fuerza de aquel títere de madera, de ojos tiernos, de piel de leña cuya destino no sería nunca el fuego de una chimenea, sino su atril, el brocal donde colgar los retratos y recuerdos de tiempos pasados, si, definitivamente, fue ella quien nos encontró. Lucía tan linda, tan articulada, tan manejable, que sentí miedo de ser su dueño, nadie es dueño de nadie, parecía dotada de alma.
Si, era ella quien me había encontrado, y a pesar de ser marioneta, sería quien dirigiría mi vida, de una forma u otra, con sus ganas de vivir, su energía, su filosofía mundana, quien daría alas y movería los hilos de la sinrazón.

En el silencio de la noche, mirando a través de una estrella que ella también contemplaba, una muy brillante, que se dejaba acariciar, que compartíamos, con la que soñábamos en las bellas noches de insomnio de cielo insondable, la reconoceríamos entre todas las demás, entre la inmensidad de puntitos de luz, entre el olor a azahar y el susurro del mar, el lamento de las olas, y el llorar … en el silencio de la noche … el llorar.
Me acerqué a la muñeca griega, reposaba cansada sobre la mesa, madera sobre madera, mi corazón la oyó gritar por dentro, aullar, mis oídos escucharon un imperceptible lamento, una queja anónima, interna, personal, privada, propia, mis ojos vieron unos invisible agujeros en la madera, tan pequeños, tan pequeños, que el responsable de aquello sería el autor de un crimen perfecto, sin dejar huellas apenas, microscópicos poros horadados en madera que no le importaban a nadie. La carcoma huía de la luz cual Drácula sediento de plasma y buscaba en la oscuridad de la noche, de los recovecos interiores del cuerpo, el maná del hambriento, e iba horadando por dentro, roía las entrañas, barrenaba con explosivos los pasillos de la mina de aquel trocito que un día fue árbol, las secaba, conté una docena de agujeros abiertos por el insecto para escapar, una vez ejecutada su atroz misión de asesino implacable.

Mi marioneta griega sangraba serrín por dentro.

Una hemorragia interna, que la iba consumiendo, lenta, erosiva, sin piedad.
El homicida transgresor de las leyes de la vida no podía quedar indemne.
Yo apreciaba, quería con Mayúsculas, yo QUERIA a aquella marioneta griega que había aparecido en mi vida un día, y que era mi cómplice de juegos, secretos, historias y cuentos. Que me hacía soñar con viajes, con cafés, con pajaritas de papel, con faros, con libros que hablaban de primeros amores, con amores de padres, con enfermedades del olvido, con historias compartidas por causas semejantes, y a pesar de ser tan distintos, ella enérgica, yo tímido, en el fondo ser tan iguales.
La tomé entre mis manos y la apreté en un abrazo, crujieron sus huesos de madera, el palo que sujetaba y hacía mover su brazo derecho se deshizo en harina entre mis dedos.
Maldita carcoma. Malditos insectos.
Ya ni tan siquiera puedo abrazarla.
Venga, va, ya no llores, ó no te contaré más cuentos de estos tristes que empalagan el alma, ¿un chiste?, pero es que mis chistes, son aun todavía peores, que mañana iremos juntos…
…Mañana buscaré el más potente insecticida, para poder seguir abrazándote sin romperte, fulminaremos a esos diablejos insectos, rellenaremos con alegría, algazara y sonrisas tus oquedades, tus depresiones, que tienes que hacer sonreír a muchos niños y mayores con tus frágiles y delicados movimientos, que mis torpes dedos, escribirán, guiados por los hilos invisibles, no por cuerdas y palitos tangibles, como los tuyos, que me guiarán siempre hacia ti, siempre que tú quieras.

Un beso muy afectivo, de un amigo, marioneta griega.

Orugas en la luna

Tras tres atribulados tristes días nublados, la noche olía a hierba recién cortada, ese aroma que queda tras el paso del cortacésped sobre los campos verdes, era extraño, pues aquí tan solo huele a mar, a salino, a Neptuno y a sirenas, y aquel olor invadía ahora toda la estancia, embriagándola de recuerdos a campos de golf y piscina de agua dulce. Desde lo alto, en mi atalaya solitaria, miré el atardecer, grandilocuente, anaranjado, un sol que se iba a dormir entre las anodinas nubecillas que aun se resistían a desaparecer tras la invasión de tres días atrás.

Desde el balcón del faro que dominaba la costa, encendí mi pipa, por momentos, el olor a hierba cortada desapareció y acudió el fuerte olor a tabaco picado que en volutas se desprendía de mi inestimable cachimba, que me acompañaba en mis largos días solitarios en acueste faro del comienzo del fin del mundo.
La vi a ella, vestida de blanco, de curvas perfectas, como una mujer que flotara por encima de las aguas, luchando a muerte con los malignos copos de algodón, los sutiles tules y las gasas que le cubrían su cuerpo, impidiendo ver su desnudez, rescoldos del recuerdo de tres días de cielos cubiertos que se resistían a esfumarse, y despacio, las jirones de tela se fueron desprendiendo de su cuerpo, las algodonosas nubecillas que la ocultaban se difuminaron en la nada y me mostraron toda su desnudez, su esfera perfecta, sus curvilíneas formas; allá, reinando majestuosa, grande, enorme, enigmática, la luna me saludó guiñándome un ojo.

Me puedo pasar horas enteras contemplándola. ¡ Tan Perfecta ¡.
No, hoy no es perfecta, no es mi luna, está allí, como siempre, saludándome y sin embargo, algo no está correcto, me ha guiñado con desgana y ... ¡ Ha perdido su redondez ¡
¡ Algo está pasando ¡ . Tiene un brillo deslucido, como si estuviese herida.

Sigue oliendo a hierba recién cortada.

Y ahora quizá me tachéis de loco, de ido ó de cualquier otra palabra que se os ocurra, pero desde ese día, la marea dejó de ser también la misma.

La vi palidecer, retrocedía, como la marea abandonando la playa. Y como tantos otros días, la mire con mis otros ojos, mis ojos de astrónomo aficionado, a través de mi lente, de mi catalejo de navegante de tierra, de farero solitario y ... ajá, lo sabía, mi intuición de viejo fumador de pipa pocas veces me abandonó, allá sobre la luna, se movía un ejército de diminutos seres. Orugas. Si. si. No desvarío, ni estoy soñando, una catarvá de orugas se estaban comiendo la luna. Por eso olía a hierba recién cortada.

Imperceptiblemente, iba menguando, menoscabada, horadada en su superficie, día tras día percibí el efecto de aquellos diminutos seres sobre la lejanía, robándole espacio a mi satélite, que languidecía bajo la escuálida luz de estrella lejanas, y cual platelmintos que se nutren de la sabia intestinal, aquestos gusanos de plata, se estaban comiendo la luna a pedacitos, con un meneito pendular de sus cabezas, recorrían la superficie lunar, trazando un semicírculo, y engullendo roca que sabía a hierba fresca, a hoja verde, a clorofila, a menta y eucalipto, unas mandíbulas repletas de coriáceos dientecillos roían y roían el queso cual ratón urbanita, y eran cientos de miles, allá arriba afanadas en alimentarse, y día a día las veía engordar, crecer, con sus anillos peludos urticantes y sus patitas diminutas, e incluso oía el cric cric cric , que todo el mundo siempre atribuía a los grillos, y la luna iba menguando, ya se apreciaba la abolladura externa, el achatamiento. El batallón de insectos iban segando con hoz acerada la fisonomía lunar, el campo verde de hojas pétreas y la luna lucía con ese aspecto apático de árbol atacado por plaga, de bosque invadido por la procesionaria del pino.

¿A quien contar mi historia?.
No, gracias.
Prefiero terminar mis días en este faro, solitario, fumando mi pipa, observando ver menguar la luna, que encerrado en un manicomio barato inflado a pastillas y sin vida propia.

Los gusanos comeluna la han dejado ya pequeñita, delgada, anoréxica, una mera mala copia de si misma, mientras ellos están orondos, panzudos, obesos, lustrosos y apenas se mueven ya, apenas si caben todos en el pequeño pedazo que ha quedado, mientras todo el mundo sigue pensando que la posición relativa del sol y la Tierra es la que le da este aspecto tan de luna, tal de hoz, tan de boomerang australiano, pero están equivocados, esta vez están equivocados.
Hoy he notado un cambio en las orugas, han dejado de comer, de hacer cric cric cric, pero siguen activas, están bordando, tejiendo una capa blanca con hilos de seda.

Ya no huele a hierba recién cortada.

Empieza a oler a algodón dulce de feria, a seda, un olor dulzón, que invade y se sobrepone sobre el olor salino y un aroma agridulce se mezcla en torno al faro. Tan sólo mi pipa es capaz de apagarlo, mientras está encendida.

Metamorfosis.

Mis gusanos comeluna están haciendo capullos, se están hilvanando, fabricando una etérea mortaja que les dé la intimidad necesaria para desvestirse y transvertirse en una nueva especie. La luna parece un campo de algodón. Lleno de bolitas blancas. De capullos de seda.

La marea se ha retirado. He visto esta tarde volar gaviotas.

Algo se mueve en la luna. Si. Hoy las he visto por primera vez. Son pocas aun, pero ya están fuera. Espléndidas, de alas blancas manchadas de polvo lunar, revolotean, juegan, descubren su nuevo mundo. La superficie lunar se mueve y con ella la marea regresa, invadiendo lentamente la costa, ahora si es mi marea de siempre, la que me trae recuerdos y me alegra con risas mis horas vacías en este lugar perdido. Vuelve a crecer la blancura, la franja estrecha de media luna aumenta de día en día. Miles de mariposas blancas la van haciendo crecer. Sigo sin contar mi historia a nadie, me iré a la tumba con ella, la luna crece de mariposas blancas, de lepidópteros surgidos de capullos, luna creciente. Huele a aire fresco, a aleteo de alas salpicadas de polvillo.
Se aparean en el aire, juegan, se entrelazan, engordan la luna, me guiñan un ojo cuando cierran sus alas al unísono, sólo ellas saben que yo lo sé. Es un espectáculo que ellas ejecutan tan sólo para mi, tan sólo para los ojos de quien no mira con la razón, sino con la imaginación, con los ojos de un farero que escucha golpear las olas y oye aleteos y cree en mareas de mariposas blancas allá lejos, muy, muy arriba.

Hoy hay un peasso de luna enorme en el cielo, me gustaría que la pudieras ver, está llena de mariposas, y ellas no cambian, no cambian nunca, pero hacen la luna.

Ahora, cuando la miro, si está menguante, triste, con ganas de llorar, sé que sólo son orugas que se la están comiendo, pero un día cuando les llegue la muerte del cuerpo, renacerán y la luna volverá a estar creciente, y más hermosa que nunca.

un paréntesis de humor

Se abre el paréntesis

Un paréntesis de pretendido humor sin pretensiones.

Es un entrañable loco de pelo blanco que hoy me ha dicho que iría a ver al Secretario para pedirle que le dejen marcharse a las doce y media del trabajo porque el partido de fútbol empieza a la una, ya que se juega en Japón y es la final de la copa Intercontinental, (ya empezamos a hacer publicidad gratuita de la emisora de radio que escuchas por las mañana) lo que realmente quería decir es que quería ver a la secretaria del Secretario. Estaba de guasa, claro, igual que cuando le tira de forma sutil los tejos a la secretaria del Secretario. Y mira que está buena la secretaria y está malo el viejo, que hace un mes le dio un arrechucho que a punto estuvo de llevárselo al otro mundo, pero a ese viejo loco entrañable le hace tilín la morena, y la grita piropos cada vez que la ve pasar, y mira que es simpática la tía, y mira que es cachondo el viejo, y eso que el médico le ha dicho que no debe excitarse, pero esa morenita, con ese meneíto, con esas piernas blancas blanditas, tras las que se van los ojos del loco, y llena de babas el suelo y de todos, de todos, no sólo del viejo, diantres, le hace subir las pulsaciones de su dañado corazón. Si no le mata el fútbol, lo matarán las mujeres.
Que no me entere yo que ese culito pasa hambre, es su frase preferida, y no por repetida pierde su gracia al decirla, ni la sonrisa de ella al mirarle con ojos de nieta hacia un abuelo, pierde su comprensión y agradecimiento. La secretaria del Secretario iría al fin del mundo con aquel simpático viejo. Y es risueña, alegre, desenfadada, bromista, atrevida, sin complejos en un corro de hombres, en un circo de machos, nada huraña como la otra, la rubia desteñida, su secretaria, bajita y regordeta que siempre la acompaña, con cara de guau guau y a la que nunca se le ven las piernas.
La secretaria de la secretaria del Secretario considera a aquel viejo un viejo verde y a los demás unos brutos y ellos la consideran a ella una antipática cretina estirada con un genio de mil pares de narices, nada de genio de lámpara maravillosa, ¡Ojalá!. De ser así, le pedirían el deseo de transformar a la secretaria de la secretaria del Secretario en otra secretaria del Secretario, para tener dos morenitas simpáticas repes paseando por los pasillos.
¿Y que me decís si os digo que el viejo loco entrañable estaba enamorado secretamente de la secretaria de la secretaria del Secretario y no de la secretaria del Secretario? . Pero como a todos les parecía horrible, el viejo les seguía la corriente, no la eléctrica, donde un día hace años, quedo pegado y le despegaron medio chamuscado, ni la del río, donde pescó una trucha con cuya espina casi las espicha, sino la otra, la de seguirles la opinión.
Un día que no se trajo las gafas, el viejo se equivocó de puerta en los aseos y entró en la de mujeres. Eso sólo le pasaba cuando no traía las gafas. Mientras hacía de vientre, las dos mujeres entraron. Olía mal. Puf. Muy mal. Apestaba. ¿A que olía? . Je,je. No lo diré. Y ellas se asomaron al espejo a estirarse las cejas de abajo, ¿O eran las pestañas de arriba? . La cuestión es que entraron a estirarse y hablaron. El viejo tembló. Joer, estaba con los pantalones bajados. ¿Qué hacían en los servicios de caballeros las secretarias? . Escuchó.
- El del pelo blanco es muy simpático – era la voz de la secretaria del Secretario – muy cachondo y un poco chalado, pero …
- Yo creo que está loco – oyó decir el de los pantalones caídos a la secretaria de la secretaria del Secretario – y es un grosero soez y descarado, un bruto.
- Pues yo diría que te mira con ojos de gato degollado, no es así, con ojos de cordero escaldado, tampoco, de gallo espeluchado, bueno, con ojos de eso. Con ojo de oso. Desesoso. Desesuso. Desasusado. Desaseado.
- ¡Deseoso! .
- Eso. Te mira Deseoso.
- Otra vez sigues con el mismo tema. Ese vejestorio acabará un día de estos yendo a criar malvas y pa mi que quizá tú tengas algo de culpa, eres mi jefa y no puedo decir las cosas muy claras, pero como amiga te diré que a tu lado, soy un perchero y tú con esa pechera, ¡Que pecho!, pues eso, si las espicha, algo tendrás que ver tú y tus témporas, que el viejo no es de témpano y las mira, y el culo también, aunque va de culo si se hace ilus, porque lo que es a mi, verme no me ven nada, todos los ojos están en ti.

Y el viejo, a todo esto, cagando.

- Pues yo juraría que tú también, a pesar de tus peroratas – Y el viejo se tiró un pero, digo, un peo, silencioso pero oloroso – le miras con ojillos vidriosos al viejo canoso.
- No.
- Si.
- No.
- Soy tu jefa.
- Vale. Pero al viejo no me lo tiro.

Y el viejo, tiró de la cadena.

Las dos secretarias, al oír que no estaban solas, salieron de los aseos precipitadamente, dejando el lápiz de labios encima del lavamanos. Cuando regresaron a los diez minutos, esta vez a colorearse con los rotuladores de la oficina, vieron un mensaje escrito en el espejo que rezaba ( aunque aquello no era nada religioso) :

A los viejos no se les tira por el retrete, para tirar está la cadena.
Y estaba firmado.

Se cierra el paréntesis.

Escrito en piedra

Un abogado y un Hombre Cívico se encontraron un día en una céntrica ciudad de un país mediterráneo durante un día de relajo y de ocio. El abogado era todo un caballero y el hombre Cívico todo un caballero era y pronto congeniaron, sabían de mil historias, uno por su capacidad viajera y mundanal, el otro por su experiencia vital y su capacidad de estar siempre rodeado de gentes. Ambos odiaban la soledad. Se hicieron muy amigos, a pesar de la lejanía, a pesar de la edad, a pesar de los pesares, una amistad basada en la confianza y el respeto mutuo, en la sencillez y calidad de las formas, en el abrazo y el apretón de manos.
El abogado usaba un nombre rimbombante, Hiram de Acacia, tomado de un caballero antiguo cuya leyenda se fue forjando con el tiempo, una leyenda de honor y muerte, de valor y justicia, de traiciones y envidias. Un árbol, la Acacia, a cuyos pies la leyenda cuenta que fue enterrado, después de ser asesinado un héroe de antaño.
El hombre cívico, usaba un nombre pesado, Yugo, un armazón de madera al cual se uncen por el cuello o por la cruz los bueyes o las mulas, y en el que va sujeta la lanza o pértigo del carro, ó el timón del arado. Figuradamente se considera como una cosa pesada, una atadura, ¡Esclavitud! , pero no, no , nuestro cívico hombre lo usó por otra definición, una relacionada con el matrimonio, con el traje nupcial de la novia. Ese era su significado.

Después de celebrarse la reunión en la ciudad de Hiram de Acacia, y tras risas, rosas, rusas, rubias, rupias, y ristras de carcajadas cargadas de pan con mermelada sobre la ajada mesa de un restaurante de primera con vino y es verídico, convino el azar que ambos quedaran en tomar un nuevo camino, sin olvidar un lugar donde un día volverían a quedar para hablar, charlar, rajar, platicar y tomar un café en la barra de un bar.

Ese día, tras largos instantes de silencio y largos días de melancolía, se hizo tangible, visible, realizable. Fue plausible y posible que un ocupadíssssissisimo abogado, siempre atareado, con su toga y prelado, con sus hijos y compromisos varios, pudiese y aceptase una invitación al sur de su entrañable compañero, el hombre cívico Yugo. Una invitación a conocer su región, el Sur. Un acercamiento a una playa con barcas varadas, con yates, con barcos, con lanchas, con veleros. Al fin y al fallo, Hiram de Acacia era marinero. Un buen navegante de mares de olas azules radiantes y brillantes con el sol naciente en el horizonte dibujando las velas sobre el reino de Neptuno, y en el crepúsculo, perfilando sombras a contraluz, sobre el azul claroscuro del atardecer del Sur.

Hiram de Acacia aceptó la invitación, pero sus ocupaciones le dejaban poco tiempo, apenas si tenía para un día, atareado, ocupado, con su agenda siempre llena, sus recados, su imprescindible teléfono móvil con él a todos los lados. Yugo, al contrario, era relax, paz, calma, jardinero de jardines despoblados de hierbas y anegados de flores y colores.

Se saludaron, se abrazaron, compartieron cálidos momentos sociales en bares y agradables restaurantes en compañía de más gente conocida. A la tarde, Yugo quiso enseñarle a su amigo la playa, una playa de arena fina y blanca, y acompañados por su fiel Rufo anduvieron un par de kilómetros, alejándose del bullicio de la ciudad del sur.
Entonces sucedió algo del todo punto incomprensible. Inimaginable. Recalcitrante y pedante, algo se fue de madre, se formaron nubes negras, el mar se encrespó, el diablo cargó la escopeta y aquello desembocó en … ¡ En una discusión ¡ . El mar físico seguía en calma e igual de bello, pero el mar interior de los amigos se había convertido en tempestad.

En cierto modo eran chorradas, nimiedades de chiquillos, a pesar de ser ellos hombres, diferencias de criterios sin ningún misterio, ¡Jilipolleces varias, vaya ¡ . Un decir yo digo blanco, tú dices negros, y ¡Ostras! , ¿Y si lo dejáramos en gris? . Pues va a ser que sí. Qué gris es el color, pero yo sigo diciendo blanco y tú negro.

Se sintieron ofendidos, ambos, de igual modo, y el silencio tan sólo lo interrumpían las olas al arrastrar la arena y fue entonces cuando Yugo, como anfitrión que era, se sintió muy apesadumbrado y triste, se arrodilló sobre la arena y escribió en ella :

- "Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro".

A continuación decidió que para ahogar sus penas, lo mejor era tomar un baño en la playa, relajarse un rato, nadar un poco, alejar los fantasmas de la iniquidad de su mente y olvidar, olvidar, olvidar discusiones banales que aun andaban en pañales, y esperar que no crecieran, se alejaran muy lejos, cual puntito de estrella fugaz cuando cruza rauda en el firmamento y ya no vuelve a verse, la misma, nunca más.

Nadando en la mar, sintió que algo estaba yendo mal, sus fuerzas flaqueaban, se sentía débil, sus brazos no le sostenían, su cuerpo se hundía hacia el fondo y asustado empezó a gritar.
Hiram de Acacia, desde la orilla le vio y presto, sin dudar un instante, se lanzó al agua. Unas brazadas fuertes y llegó a su lado. Le arrastró a la orilla y allá los dos, permanecieron juntos en silencio, sentados en la arena, mirando una vela a lo lejos.

Decidieron regresar, de nuevo en silencio. No caigas en el peor de los errores, el silencio. (W.W.), y al llegar a una zona rocosa, tomando Yugo un estilete y usando de mazo una piedra, escribió sobre las rocas:

- "Hoy mi mejor amigo me salvó la vida".

Intrigando por aquello, Hiram de Acacia , rompió el silencio que reinaba entre ellos y le preguntó :

-¿Por qué, después que nos hemos lastimado mutuamente, y de forma infantil y estúpida, escribiste primero en la arena, y ahora escribes en una piedra?

Y Yugo, el hombre cívico, acarició a su perro, que caminaba tranquilamente a su lado, le sonrió a su amigo, con una sonrisa afable y sincera y le respondió:

Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.

Hiram de Acacia le extendió su mano. Yugo la apretó con firmeza. Se abrazaron.
Ambos dijeron un “Perdón” y un “Lo siento” y decidieron regresar en un futuro ante ese mar, esa playa y esas rocas, a grabar en piedra, en la piedra de la memoria del corazón frases nuevas que afianzasen esa amistad, y también, ¿por qué no?, en la arena, frases y dichos y hechos que han herido sentimientos, pero que se escriben para ser olvidados.

El silencio se fue. Incluso Rufo empezó a ladrar, y las olas del mar arrastraban frases escritas en la arena, borrándolas sin más, sin dejar huella.

Al fresco de la noche extremeña

Un breve recordatorio a tres personas que ya no están, y que forman parte de una historia, de una familia, y un pueblo.
Un cuento de cada uno de ellos.
El abuelo Miguel, su vecino Aniceto y el tio Joaquín.

-¿Queréis que os cuente un cuento? – Nos dijo Aniceto a la chiquillería allí reunida, sentados en el umbral de la puerta y en sillas de mimbre, a la luz de las estrellas de la noche apacible del verano, mostrando esa alegría de las personas que están a punto de contar un chiste gracioso, mientras los otros dos adultos, Miguel, el abuelo y vecino y Joaquín que pasaba por allí de recogida hacia su casa, sonreían complacientes observándole esa enormidad de cuerpo, esa gordura inmensa de carnes

- ¿A ver si vosotros lo sabías?.
De resultas que aquel tenía un burro que comía mucho, asina que se adecidió a enseñarle a que se estuviera el burro sin comer, y asín que lo hizo que después de irle quitando la comida al burro poco a poco,-un día le daba menos de comer, alde siguiente menos-, y asína menos y menos y asína que hizo que el burro no comiera, sabes a lo que me voy a referí, que aquello costole mucho trabajo, sudores y esfuerzos el conseguirlo, pero le enseñó al burro a que no comiera nada de nada, ni una mijina acaso, y así el hombre no tenía gastos en la comida del animal y ese mismo día de su triunfo y logro, el hombre dijo :
- Ahora que había el burro aprendido a no comer, con lo que me costo enseñarle, ahora va y se me muere, le puse incluso cebada, pa ver si no se moría, pero no quiso comer.

- Eso lo has sacado de un refrán, -Le replicó el mayor de la chiquillería que hacía torno en suyo- del que dice: Después del burro muerto, la cebada en el rabo.

- O este otro, había…
- ¿Cómo sabes tú tantos cuentos, Aniceto? ¿Se los aprendes a otros cuando vas al casino ó te los inventas tú? .
- No, que va, son de la época de mi juventud que yo me acuerdo de ellos.

- Tu abuelo Miguel sabe también muchos cuentos, verás,- entonces tomó la palabra el abuelo - Y acaeció que tocó por esa década atrás, y esto no es cuento, que pasó de verdad en el pueblo y le acaeció a un medio pariente mío, que para ir a la mili o librarse, los mozos tenían que sacar una papeleta con un número y al que le tocase, creo recordar el número mas bajo, no, no, el número más alto, eso es, se libraba de hacer el Servicio.
Las madres de los mozos tenían por entonces a un santo al que rezaban, como ahora, que hay tantos santos, uno para cada cosa distinta que se le desee pidir, que sin San no sé como para tener novio, San Pascasio para encontrar trabajo, San no sé cuantos pa tener salud, que sé yo cuantos santos, pues bien, entonces había un santo, san no sé que, como veis yo estoy muy puesto en esto de los santos,ja,ja, pues a dicho santo, las madres de los mozos le pedían que a su hijo les tocase el numero más alto, pa librarse de ir al Servicio. Le decían misas, le rezaban novenas y le prometían multitud de cosas si se libraba el hijo.
Una de esas múltiples tradiciones de pueblo, comentaba, rezaba, que el mozo se libraría si se hacía con un hueso de muerto.
El cementerio no es como el de ahora, con sus paredes blancas y altas, sino que era como son las paredes que rodean nuestras tierras, eran paredes de piedra, pero de la altura de una persona. Asín que acaeció que Donato, que asín se llamaba el mozo, sin que nadie le pudiera ver, decidió ir el solo al cementerio en busca de un hueso de muerto, siempre, claro, aconsejado por la madre. Él siempre había tenido mieo, pero más aun le daba la mili, y ya ves, de noche y con una luna llena que ponía sombras en todas las cosas vivas y muertas, le hacía temblar el cuerpo sólo de pensar tener que entrar en el cementerio y coger un hueso de muerto, después de haber abierto alguna tumba. La idea de poder librarse, sin embargo, le arreaba.
Llegó hasta la tapia del cementerio, recordando aun las palabras de su madre que le habían incitado a ir hasta allí: -Con un solo hueso basta, hijo, ya lo verás, allí en el cementerio te será fácil conseguirlo, verás, a los muertos no le importará y a ti te traerá suerte, anda, vete, ya no te me tardes mucho.
Ocurrió que por ese día, un arriero acordó también de ir al cementerio esa noche a buscar leña, que por aquella época era muy escasa y estaba muy buscada y dentro del cementerio siempre había algún trozo de alguna parte, de alguna caja vieja, ó nueva ó de las ramas de las palmeras ó de los cipreses ó del montón de leña que el sepulturero solía poner bajo llave en una pequeña casilla a la que era fácil romper el cerrojo haciendo palanca con un hierro.
El arriero, que ya había entrado en el cementerio y se había hecho con el haz de leña, atándola con una soga, la tiró por encima de la tapia, en el preciso momento en que a todo esto que llegaba Donato, que se asustó al oír el ruido de la leña al caer fuera de la tapia del cementerio. Tuvo miedo y quiso salir corriendo, pero se detuvo..
El arriero, al oír los pasos fuera del cementerio, se asustó también un poco; no es que le tuviera miedo a los muertos, pero si de que le cogieran robando la leña, asina que los dos permanecieron en silencio, uno por fuera y el otro por dentro del cementerio, esperando a ver si oían algún ruido raro.
Donato empezó a ver almas en pena y a tener mucho, mucho, mucho mieo, pero no huyó y anteponiéndose con valor, y ya cansado de esperar al otro lado de la tapia de piedra sin que ningún otro ruido oyese, decidió pasar al interior del cementerio.
Puso la mano sobre la pared de la tapia para saltar dentro, a la vez que, el arriero, también fue a poner su mano en el mismo sitio para salir fuera, en aquel momento se oyó el sonido del cárabo desde una encina.
Cuando Donato sintió que una mano se apoyaba en la suya y la asía hacia abajo, contra la pared del muro, dio un grito tal que apagó el grito del cárabo y que aparte de despertar a los muertos del cementerio, como él decía, despertó al burro del arriero escondido tras la esquina que hace el cementerio.
Donato cayó al suelo y esperó unos segundo, con los oídos y los ojos más abiertos que platos,- podía haber sido alguna rama de un árbol o un gato lo que toco su mano- Pero enseguida oyó el ruido que hacían los zapatos del arriero corriendo dentro del cementerio, también asustado y fugitivo, sonando como a cañonazos en la noche, y luego para remate, el rebuzno del burro del arriero retumbando en la noche como mil bombas juntas.
Asina que imaginaros la situación, una mano que te coge la tuya, un escalofrío que te recorre el cuerpo, el cementerio, de noche, con miedo ya predispuesto que llegó a la tapia, unos pasos corriendo dentro del cementerio, el grito del cárabo, y el rebuzno del burro que a Donato le sonó al lamento de todas las almas enterradas en las tumbas, protestando y defendiéndose contra los ladrones, contra él.
Donato se levantó como alma que llevaba el diablo, vaga es la cita, y echó a correr tan deprisa como le permitían sus piernas, la carretera del cementerio arriba, cayendo al suelo de no poder controlarse y esperando que una mano sin carne se apoyase en su hombro.
¡Donato no corrió ni pasó tanto miedo en toda su vida!

-¿Y que le pasó luego con lo del sorteo de los números?

- Pues lo que había de pasar, en el sorteo le tocó, creo recordar que el numero siete, un número bajo, mala suerte, la madre estaba que echaba leches, maldecía a todos los santos y echaba pestes de ellos, no dejó a un santo sin cabeza, bueno, a títere sin cabeza que es lo mismo.
-Claro, a ver, como no cogió el hueso del muerto.

-¡Pues a mi- dijo Joaquín, que descansaba allí un rato de avenida de recogida de las ovejas en el campo- el cementerio no me impone, tú me entiendes, pero no me gusta andar con los muertos, pues ocurriendo que una noche yendo uno del pueblo de venidas pa acá con el mulo, era una noche con poca luna, pero algo se via, aquel hombre vio venir, cerca del cementerio, a un bulto tras d´el, empezó a asustarse, pero enseguida se le olvidó. Cuando dio a traspasar la puerta del cementerio, por respeto a los muertos, se quitó la boina que llevaba puesta, y como quien no quiere la cosa, giró hacia atrás la cabeza y aquel bulto seguía detrás d´el, -sin acercarse mucho-, pero allí estaba.
Pateó al mulo para ir más deprisa y aluego se volvió a mirar pa tras, aun estaba allí. Entonces fue cuando le entro el mieo de verdad en el cuerpo y arreó a su mulo. Por más que corría el mulo, más corría el bulto tras él. Llegó hasta las primeras casas del pueblo y el bulto que seguía moviéndose detrás del, atravesó dos calles hasta llegar a su casa, y el bulto detrás. Se bajó lo mas aprisa que sus piernas le dejaban, abrió la puerta de la casa lo mas aprisa que pudo. A los ruidos que armó, se levantó la mujer, que estaba dormida, porque era de noche cerrada y le preguntó: - ¿Que pasa aquí, marido?
El hombre entró a su mulo por la puerta de la cuadra lo rápido que pudo y al mirar a la calle vio al bulto que se dirigía hacia su casa.
- Mujer, trae el hacha, aprisa, -dijo el hombre al ver a la mujer levantada-, como la mujer esto le extrañó, pues no le hizo mucho caso, asín que el hombre, sin cerrar la puerta de la calle, se metió dentro de la casa en busca del hacha. Cuando la hubo cogido y volvió a la puerta, el bulto aquel entró en el zaguán y dio un grito.

- ¿Que era el bulto? – Preguntó uno de la chiquillería- porque no irás a dicir que era algún muerto del cementerio, o algo asin, porque yo no creo en eso, dime , le dio un hachazo el hombre a aquel bulto que corría tras el?
-Deja que acabe, hombre, no, no era ningún muerto, que era una cosa viva y bien viva, y lo que dio el bulto al entrar en la casa no fue un grito, sino que fue un rebuzno, era nada mas que un burrito pequeño, un burranquino, que al ver pasar al hombre montado en el mulo cerca del cementerio, donde él estaba, creyó que era ese su madre y se fue corriendo tras él, por eso, cuanto más corría el mulo, con el arriero, más corría el burranco.
El hombre, después de darse cuenta de lo que era, estuvo a pique de darle un hachazo al burro por el susto y el cerote que le había hecho pasar desde la puerta del cementerio hasta su casa.

El escritor

El bullicioso aspecto de la plaza le invitó a acercarse, le atrajo la atención un semi destartalado puesto de libros antiguos colocado en medio de todos y a la vez en medio de la nada. Llamaba poderosamente la atención su vetusto aspecto y el rancio olor que desprendían sus libros, una mezcla a humedad de mazmorra lúgubre impregnada de incienso, y el extraño cuero enmohecido que formando las tapas de los libros, guardan en su interior el tesoro de las palabras. Se sintió atraído, irresistiblemente subyugado por aquel decorado y sus joyas literarias puestas a la venta, en aquel mercado, aquella feria del libro antiguo y de ocasión. Quedose embelesado con la contemplación de los títulos de las portadas, leyéndolos, abstrayéndose del mundo que le rodeaba. No se percató que era el único cliente, el único curioso, el único futuro comprador de aquella tienda de libros prefabricada, hasta que eligió un libro “La historia interminable”, lo abrió, leyó su inicio :

”Esta es la inscripción que había …” , pasó rápidamente varias hojas escritas y decidió comprarlo.

-Buena elección –Le dijo el librero- Fantasía .

Era un tipo chapado a la antigua, que no desentonaba para nada con el puesto y los libros, como sacado de un mundo medieval lleno de justas y torneos. No se había fijado en él hasta que pidió pagar, era como si hubiese estado escondido bajo el atril y apareciese por artes mágicas para reclamar el pago de su pequeña obra de arte. Y fue al terminar de pagar cuando se percató que los puestos adyacentes bullían todos ellos llenos de personas ojeando libros, apiñados, aborregados, luchando por un hueco con vistas y sin embargo, pasaban de largo, como si no existiera, del puesto donde él se hallaba. Pensó que tal vez el olor les asustara.

Al llegar a casa abrió el libro y … ¡Sorpresa! , ¡ Todas las páginas estaban en blanco! . El título del lomo y de la portada seguían ahí, grabados con adornados de papel de oro sobre el cuero enmohecido, pero el tesoro interior habíase esfumado. Lo miró, remiró, diole mil y una vueltas y no halló ninguna explicación.

Regresó con el libro a la feria. No estaba lejos, a diez minutos de allí.
El rio multicolor de curiosos seguía curioseando por entre los quioscos y su puesto seguía allí, en medio de todos y en medio de la nada, vacío de público, sempiternamente solitario, oliendo a destierro.
-Me ha vendido un libro con las páginas en blanco- le dijo-

El viejo caballero librero le sonrió, tomó el libro entre sus manos ennegrecidas por la suciedad, abrió las tapas, se humedeció el dedo índice y pasó página tras página, ojeándolas.
-A su libro no le pasa nada- respondió a la vez que se lo devolvía – sigue siendo Fantasía.

Cogió el libro, lo ojeó y contempló que las palabras habían vuelto.
¿Me estaré volviendo loco?.
Se alejó unos pasos hacía un banco de piedra y allí sentado empezó a leer el prólogo, la primera, la segunda, la tercera página y luego pasó los dedos, desplegando, como un abanico, el resto de páginas del libro. Todas ellas rebosaban de palabras, de misterios, de fantasía.

Volvió a casa intrigado, escéptico, incrédulo, dudando de si mismo, de su realidad innata. ¡¿Que diablos estaba ocurriendo?¡.
Abrió el libro de nuevo. Y de nuevo las palabras habían desaparecido. Ya no estaban. Página tras página en blanco. Sonrió con una sonrisa desquiciada, a la espera de que algo sucediera. Pero no sucedió nada. Por lo tanto él forzaría la solución a aquel jeroglífico indescifrable.

Regresó por segunda vez con el libro a la feria, sin cerrarlo, paseando por la calle y mirando sus páginas en blanco, pasando página de vez en cuando por si algo sucediera en las otras hojas, por si las letras volvieran. Pero no sucedió tal cosa. Al llegar a la plaza, todo estaba igual que la última vez. Su puesto de libros antiguos seguía solitario en medio del bullicio, se acercó a él sin dejar de mirar su libro de páginas en blanco.
El caballero librero le sonreía desde detrás del mostrador. El olor a moho le impregnaba las fosas nasales. Le enseñó el libro en blanco.
- Y ahora, ¿qué? ¿qué me dice?, ¿no ve que el libro está en blanco?
- Se ha vuelto a equivocar, buen hombre, a su libro no le pasa nada
Al oir la voz del librero, incrédulo, levantó la vista de las páginas en blanco del libro abierto y le miró a los ojos, y en ellos pudo ver, por un segundo, por un instante, como bailaban letras, palabras, frases.
- Observe el libro, -habló de nuevo el librero- es el que usted eligió, el de Michael Ende, “La historia interminable”.
Cuando las palabras dejaron de bailar en los ojos del librero, tornó su vista al libro que sujetaban sus manos y allí de nuevo estaban las palabras.
-¿Cómo … , cómo…, cómo…, cómo es esto posible? . Hace un momento todas las páginas del libro estaban en blanco. ¿Cómo han regresado las palabras?
- No han regresado – le interrumpió el librero- Nunca se han ido de él.

Se alejó hasta el banco de piedra y siguió leyendo. El tiempo pasó lentamente. No quiso alejarse de allí, ni apartar sus ojos del libro hasta haberlo terminado. Tenía miedo de que las letras, las palabras, volvieran a desaparecer. Pero hacía frío, la noche se acercaba y no habría luz suficiente para seguir leyendo. Se levanto, con la vista fija en el libro y regresó a casa leyendo, leyendo, leyendo. Apenas apartaba los ojos de libro, excepto para mirar por donde iba o para no chocar con los transeúntes. Al llegar a casa, se acomodó en un sillón alto, orejero, de piel verde aterciopelada y continuó leyendo su libro, leyendo, leyendo…, estaba cansado, en los ojos le bailaban las palabras, la historia parecía realmente interminable, pero no la dejaría, aunque no leyera, no dejaría de mirar el libro, se preparó algo de beber y algún tentempié para picar, pero sin dejar de mirar las páginas. Las palabras seguían allí. Y continuó leyendo la historia hasta el final …
“ -Bastián Baltasar Bux -gruñó-: si no me equivoco, les vas a enseñar a muchos el camino de Fantasía para que puedan traernos el Agua de la Vida.
Y el señor Koreander no se equivocaba
Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión
POR ENDE …”

Era el final del libro, lo cerró y se quedó dormido del cansancio.
Al despertar, ya era bien entrada la tarde del día siguiente. Corrió hacia el libro y lo abrió. Las páginas volvían a estar en blanco.
Se arregló un poco antes de dirigirse a la plaza, estaba relajado, apenas le importaba ya que el libro estuviese en blanco, pues su tesoro interior, su historia, había sido revelado y sus personajes habían formado parte de él durante unas horas, pero seguía intrigado por aquel puesto de libros y su librero y necesitaba imperiosamente saber que misterio encerraba.
Era el último día de la feria, la gente iba y venía tumultuosa de un punto a otro, dando vueltas como en un tiovivo alrededor de la plaza, y sin embargo, ante aquel quiosco no se paraba nadie, parecía no existir, y no obstante él lo veía, era real, emanaba olores y sensaciones y rebosaba volúmenes encuadernados en cuero sobre atriles y anaqueles carcomidos. No era irreal. Como tampoco lo era el viejo librero.
- ¿Le gustó el libro? –Le pregunto al verle llegar-
- Venía a devolvérselo
- Pero es suyo. Usted lo compró.
- Ya no me sirve. Las palabras han vuelto a desaparecer. No podré volver a leerlo de nuevo. A no ser que usted vuelva a pasar su varita mágica sobre las páginas y la historia vuelva de nuevo para ser recreada y leída por quizá otras gentes.

El caballero librero tomó el libro entre sus manos, lo abrió por la primera página, y garabateó unas palabras sobre la página en blanco, a continuación se lo entregó de nuevo, junto con la pluma estilográfica con la que había escrito susodichas palabras y le dijo:
-Ahora que ya terminaste de leerlo es hora que empieces a reescribir tu propia historia.

Tomó la pluma y el libro con las páginas aun en blanco de las manos sucias del librero y se sentó sobre el banco de piedra. Lo abrió por la primera página, allí el librero había escrito : “El bullicioso aspecto de la plaza le invitó a acercarse, le atrajo la atención un semi destartalado puesto de libros antiguos colocado en medio de todos y a la vez en medio de la nada.”
¡Era el inicio de su historia¡ ¡De su propia historia¡ ¡De ésta historia¡.
La pluma estilográfica garabateó nuevas palabras, esta vez suyas, suyas propias, de su propia mano, hasta que al levantar los ojos descubrió que el librero, sus libros, y el olor a destierro habían desaparecido, tal vez nunca hubiesen existido. Y sólo quedó su historia. Esta historia.

Muñecas de azucar

Las pastelerías de El Cairo preparan miles de muñecas de azúcar para celebrar el cumpleaños del profeta Mohamed.

Hummmmm, ¡¡¡¡ Qué rico !!! , Me apunto, y si hace falta, me cambio de religión, aunque sólo sea ese día, ó esa semana, je, je, je.
Todo reunido, todo en uno. Muñeca y azúcar.
Oh, Dios, es la gloria. La dulzura y la mujer, el paraíso y el sabor. El desierto y las pirámides. El Nilo, los cocos sagrados de dientes largos y cartílago nadando en sus aguas, cocodrilos sagrados, mirando a lo lejos, lejos, las pirámides de Egipto. Un coco sagrado…., ¡¡¡ eh ¡¡¡¡, podría salir del Nilo, arrastrarse sobre la planicie, reptar, meterse entre las arenas del desierto para crear un canal que una el río y las piedras, para hacerlo navegable hasta ellas, hasta las tumbas de emperadores fastuosos que se construyeron sus túmulos para dejar constancia de eternidad y misterio.

Eh, espera, que te estás desviando, el azúcar se ha convertido en cocodrilo y este en Ramses y en otras momias y yo tan sólo quería paladear una muñeca, el sabor a almíbar, a glucosa ó fructosa.

Mi muñeca de azúcar. Metáfora ó no.

Encargaré un pedido. Un pedido que dure todo el año. No tan sólo en el cumpleaños de alguien que ni tan siquiera sabía, hasta hoy, que existía.
Vale, ya se, voy ha hacer como Alicia en su país de las Maravillas, voy a celebrar los no-cumpleaños, y los celebraré con muñecas de azúcar, todos los días del años de celebraciones, excepto uno, el día de mi cumpleaños, el día que los demás lo celebrarían. Pues ea, ese día yo no, a contracorriente, como los cocos reptando por el desierto.
Me apunto.

Tan sólo os rogaría que si alguno conoce la dirección de algún establecimiento de El Cairo que prepare muñecas de azúcar, me lo mande, uno barato, pues va a ser un pedido muy grande, que abarque para 364 días del año, excepto los bisiestos, que serán 365.

Ah, bueno, si alguien se quiere apuntar a celebrar mis no-cumpleaños conmigo, bienvenido sea, pero, chicos y chicas, ya sabéis, las muñecas se pagan a escote. Cada uno la suya.
Y para las mujeres, bueno, sería cuestión de ver si sirven muñecos, tal cual un Hi-man.
¿Y si me pido dos muñecas por cada día? . Ah, y variadas, de sabores variados. rubias, mulatas, pelirrojas, morenas, atléticas, sonrosadas, proporcionadas, de ojos verdes ó azules y azucaradas, dulces y apasionadas, tiernas y bellas y ....

Ay, ¡ Qué poco cuesta soñar ! .